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Field Note 26 · Deseo

El bizcocho se quedó en el molde

La invité a tomar té. Mi camisa, el bizcocho y mi atención tenían otros planes.

El domingo a las cuatro tenía mantequilla en una manga y veinte minutos para convertirme en una mujer capaz de invitar a alguien a casa sin montar un espectáculo.

Le había dicho que viniera a tomar té. Una palabra muy tranquila. Nadie podía acusar al té de tener intenciones.

La mujer que venía ya había visto mi dormitorio. No me había visto intentando convertir tres peras en una prueba de que también era buena compañía a plena luz del día. Esto me dejaba bastante más expuesta.

Afuera, Madrid tenía una tarde de octubre seca y ventosa. La ventana de la cocina estaba abierta unos centímetros. Cada vez que la puerta golpeaba el marco, yo levantaba la vista. Quería que llegara. También necesitaba que se retrasara lo suficiente para que se enfriara el bizcocho, se me enfriara la cara y la mantequilla dejara de hacerse notar en mi manga.

Me cambié de camisa. Después volví a ponerme la primera. Se abría un poco cuando me inclinaba, algo que de pronto empezó a jugar a su favor.

Una porción presentable

Había comprado las peras por el color. Amarillas con pecas marrones, preciosas en un cuenco durante unas seis horas antes de exigirte una decisión. En la tienda me había imaginado cortando una en un plato. Ya en casa, de algún modo, había acabado comprometida con un bizcocho.

Me pasa con los ingredientes. Compro una cosa pequeña y le organizo todo un equipo de apoyo.

El bizcocho olía de maravilla. Eso hacía más irritante lo que pasó después.

Pasé un cuchillo por el borde, puse un plato encima del molde y le di la vuelta al conjunto con la seguridad de una mujer que había visto hacerlo a otra persona una vez.

Nada.

Di unos golpecitos en la base. Después uno bastante fuerte que hizo traquetear el plato. Cayeron dos pedazos calientes. Casi toda la parte de arriba, con las peras, seguía dentro.

Sonó el timbre mientras yo consideraba si un poco más de vajilla podía devolverle la dignidad.

Ella miró mi manga y después el plato.

—¿Llego pronto?

—Para la reconstrucción, sí.

Se rio y me besó. Todavía tenía la manopla del horno en una mano. Con la otra la agarré de la cintura y la retuve más de lo necesario para un saludo. Tenía la boca fresca de la calle. Me olvidé del plato hasta que ella estiró el brazo por detrás de mí y lo apartó del borde.

Llevaba veinte minutos intentando parecer una mujer que no estaba esperando precisamente eso.

Dos cucharitas

Se quitó los zapatos junto a la puerta. Volví a la cocina, demasiado pendiente de la poca distancia que nos separaba. La oía caminar detrás de mí. No habría sabido decir qué estaba buscando en el armario.

—¿Té? —pregunté.

—¿Alguna vez iba a haber té?

—Tenemos los medios.

Le mostré el hervidor. Una defensa sólida.

Arrancó un trozo de bizcocho y se lo comió. Los bordes estaban tostados y acaramelados, la pera blanda, con un poco de sal debajo de toda la mantequilla. Cerró los ojos un segundo. Yo le miré la boca en vez de preguntarle si estaba bueno.

—No le quites lo mejor —dijo cuando fui a buscar el cuchillo.

Lo dejé. Saqué dos cucharitas del cajón y llevé el molde a la mesa de nogal junto a la ventana.

Había puesto dos sillas frente a frente. Ella se sentó en una; yo arrastré la mía hasta su lado. La pata hizo un ruido tremendo contra el suelo. Hasta ahí llegó mi sutileza.

El sol le daba en el antebrazo. Afuera, un toldo suelto daba latigazos con el viento. Comimos del molde, disputándonos una esquina especialmente tostada, y me contó un almuerzo del que había escapado antes del café. Me enteré de casi todo. Después apoyó la rodilla contra la mía y perdí el nombre de la persona de la que se estaba quejando.

—No me estás escuchando.

—Escucho de forma selectiva.

—¿Qué seleccionas?

Dejé la cuchara y la besé. Esta vez ninguna tenía vajilla en las manos.

El hervidor podía esperar

Cuando se apartó, tenía una miga en la comisura de la boca. Se la quité con el pulgar. Me agarró la mano y me besó la cara interna de la muñeca. Fue una tontería. Me atravesó entera.

—Ven —le dije, aunque difícilmente podía estar más cerca de mi silla.

Dejamos el molde en la mesa y nos fuimos al sofá. Se sentó con las piernas sobre las mías y una mano debajo del borde suelto de mi camisa. Me gustaba su peso ahí. Me gustaba que, cuando le tocaba la nuca, se quedara a mitad de una frase.

Entonces miró hacia la cocina.

—Creía que a ti no te iba lo doméstico.

—Tengo un batidor. No nos vengamos arriba.

Me había dado miedo que invitarla a mi domingo trajera detrás todo un programa: almuerzos fijos, noches que se dan por hechas, alguien preguntándome adónde voy. Ahora estaba ahí, caliente contra mí, sin pedirme nada de eso. Yo había movido la silla. Yo le había pedido que se acercara. La quería en esa tarde concreta y me estaba cansando de fingir que la había invitado el bizcocho.

—Quédate un rato —le dije.

—¿Cuánto es un rato?

La acerqué tirando del cuello abierto de su camisa. Se rio antes de besarme.

La luz se fue de la mesa mientras seguíamos en el sofá. Su chaqueta de punto resbaló hasta el suelo. En algún momento nos acordamos del hervidor; ninguna se levantó.

Más tarde fue descalza a la cocina y volvió con el molde. Yo me había reservado la esquina tostada. Ella lo sabía perfectamente.

Se sentó pegada a mí, volvió a ponerme los pies sobre las piernas y me ofreció una cucharada.

Comí de su cuchara. Después me quedé con el molde.

El deseo me había vuelto generosa. No me había vuelto idiota.

Altura · 18+

Un espacio para adultos.

Altura habla de deseo, intimidad y placer. Este espacio está dirigido a personas adultas.