El domingo por la mañana, todavía en la cama, abrí una carpeta de fotos en el móvil.
Encontré enseguida la que buscaba: yo con camisa blanca y vaqueros, descalza frente a un bar.
La había mirado la noche anterior. El viernes también había abierto la carpeta para verla, hasta que el timbre del repartidor me interrumpió.
Ahora no esperaba a nadie.
Amplié la foto para mirarme la boca. Luego los ojos. Después volví a verla entera.
La mujer que me la había hecho prefería otra.
La carpeta
Guardo fotos para masturbarme. En algunas salgo yo. Tengo unas cuantas tan vistas que ya sé qué parte voy a ampliar. Con los vídeos me pasa lo mismo: sé a qué minuto volver.
Hay fotos que no vuelvo a mirar durante meses. Otras las abro casi a diario durante una temporada. Entro en la carpeta para ver qué me apetece y acabo eligiendo la misma. Miro un par más, por hacer como que tengo dudas.
Llevaba varios días volviendo a esta.
Me gustaba la expresión que tenía. Le estaba sonriendo a ella, justo por encima del móvil. Recordaba las ganas que tenía de que lo dejara y se acercara a besarme. Ella seguía concentrada en hacer una buena foto.
Esa parte me seguía haciendo gracia.
Hazme unas cuantas
La había hecho unas noches antes, en Madrid. Habíamos cenado en un bar y nos habíamos quedado en la terraza. Yo me había quitado los zapatos bajo la mesa. Antes de volver a ponérmelos, quise unas fotos fuera.
Llevaba una camisa blanca metida en los vaqueros. Dejé los zapatos bajo nuestra mesa y avancé unos pasos por la calle, que estaba tranquila. Las luces de la terraza quedaban detrás de mí.
Le di el móvil.
—Hazme unas cuantas.
Me puse recta, metí las manos en los bolsillos y sonreí como cuando quiero que alguien se quede mirando. Hizo la foto. Me gustó cómo había salido.
—Esa es para ti —le dije.
—¿No eran para ti?
—Quiero algunas para mí también.
Me miró por encima del móvil.
—¿Cuál es la diferencia?
—Quiero una para masturbarme. Hazla bien.
Se rio y retrocedió un poco para que saliera de pies a cabeza.
Sigue con las fotos
—¿Ahí mismo? —preguntó.
—Sí. Deja de avisarme cada vez que vas a hacer una.
Hizo varias mientras hablábamos. Cada clic me daba ganas de ver cómo había salido. Me costaba seguir hablando sin intentar corregir la postura.
—¿Tienes más fotos así?
—Una carpeta entera.
—¿Puedo verla?
—Termina de hacerme estas primero.
Me gustaba darle instrucciones y que las siguiera. Ahora que sabía para qué las quería, se estaba esmerando más.
—Mírame —le dije.
—Te estoy mirando.
—No dejas de mirar la pantalla.
La bajó un poco. Le veía la cara entera. Estaba a punto de pedirle que dejara el móvil cuando oí otro clic.
—Esa. Déjame verla.
Me devolvió el móvil y miramos las fotos juntas.
Me detuve en la última de las seis fotos nuevas y la amplié. Seguía con las manos en los bolsillos. Había inclinado un poco la cabeza y apoyado el peso en una pierna. Le sonreía a ella en lugar de a la cámara.
—La primera es mejor —dijo.
—Para ti.
Marqué la última como favorita y me guardé el móvil en el bolsillo.
—Ven.
La acerqué por la solapa de la chaqueta y la besé. Después volvimos a la mesa a buscar mis zapatos.
Domingo por la mañana
El domingo, en la cama, me acordé de que me había pedido ver la carpeta.
Podía haberle mandado la foto que estaba mirando. Me gustaba imaginar dónde estaría al abrirla y qué pensaría de mí. A veces enviaba una precisamente para interrumpirle el día a alguien.
Aquella mañana quería mirarla yo.
Amplié otra vez mi boca. Me había estado aguantando una sonrisa. Recordaba que había estado a punto de pedirle que soltara el móvil. Me gustaba verme con tantas ganas.
Probé a recortarla: cara y hombros. Miré esa versión y deshice el recorte. Quería que se vieran la camisa blanca, los vaqueros, mis pies descalzos y las luces de la terraza.
Me gustaba verme descalza en plena calle. Recordaba el frescor del suelo y las ganas de que ella se acercara. Durante la cena me había preguntado si vendría a casa conmigo. En esa foto, estaba bastante segura de la respuesta.
Volví a mirar la primera para compararlas. Salía estupenda: espalda recta, sonriendo a la cámara como si ya supiera lo que me iba a decir cuando la recibiera.
Volví a la que había marcado como favorita.
Ya sabía qué parte quería ampliar. Podía pasar por todas las demás fotos; al final volvía a esa.
Me masturbé mirando la foto. Después me quedé en la cama, con la carpeta abierta.
Al cabo de un rato me di cuenta de que llevaba más tiempo mirándome a mí que pensando en ella. Me hizo gracia. Volví a ampliar la foto.
Cuando apareció el aviso de batería baja, fui a buscar el cargador y volví a la cama.
Quería quedarme un rato más en la cama.
La que mandé
Su mensaje llegó mientras miraba las fotos otra vez.
—¿Voy a ver mi trabajo algún día?
Le mandé la primera. Camisa blanca, vaqueros, mi mejor ángulo.
Contestó enseguida.
—Te dije que esa era la buena.
Miré el mensaje y después la foto que había decidido guardar para mí.
Podía haberle contado lo que había estado haciendo con la otra. Preferí guardármelo para la cena: quería verle la cara cuando se lo dijera.
—Puedes hacerme más —escribí.
—¿Cuándo?
Miré el calendario y le propuse cenar el jueves. Mientras esperaba su respuesta, volví a mi foto favorita.
